¿Hacia dónde va el hombre?

29.4.10

En el "mundo nuevo" no habrá ya dolor, ni pena.
(Apoc 7, 17; 21, 4.)


El escándalo de la fe

20.4.10

- Padre ¡como está la Iglesia! Se le quitan a uno las ganas de creer. Era el triste lamento de una feligresa que venía desolada por las críticas escuchadas en la tienda, en la peluquería, en la casa del jubilado… Pero ¿cómo dar respuesta y transmitir consuelo cuando las noticias nos sorprenden cada semana con la información de algún escándalo nuevo cometido por eclesiásticos? Los fieles no pueden menos que resentirse en su fe ante lo que parece –visto desde el enfoque de los informativos- una evidencia: la Iglesia es una institución detestable. Por ende lo sensato parece: “Creer en Jesucristo; pero no en la Iglesia”.
Resulta obvio que lo noticiable siempre es aquello que se sale de lo ordinario. Y lo ordinario en la Iglesia es (mírenlo en sus propias comunidades y parroquias) un grupo de bautizados que se esfuerzan por vivir conforme al Evangelio, imitando a Jesús en su pasar haciendo el bien. Pero el Maligno, no da tregua ni cuartel, arremete continuamente tratando de deshacer lo que Dios edifica. Y así tienta a todo bautizado al pecado y a todo consagrado o sacerdote (la parte más visible de la Iglesia) a la infidelidad. Pero ¿perdemos la confianza en la medicina por los errores médicos, o por los facultativos que se dejan sobornar por los laboratorios? ¿Desconfiamos de la policía porque descubren redes de corrupción interna en el cuerpo? ¿Mostramos rechazo a la esponsalidad por el número de maltratadotes o recelamos de la paternidad por los progenitores que abusan de sus propios hijos? ¿Consideramos el deporte como nocivo, o la guardería como peligrosa o al maestro como sospechoso porque un entrenador, una cuidadora o un maestro son alguien es descubierto como pederasta?... Y así podríamos eternizarnos en ejemplos que ilustran la presencia de la corrupción en cualquier ámbito humano. Y la Iglesia, como cualquier grupo formado por seres humanos –aunque ello nos duela más-, no es una excepción ¡nunca fuimos ángeles! De ello se sirve el Enemigo.

Nuestra respuesta como católicos ante el escándalo que provoca el que es infiel, ha de comenzar por mirar la situación a la luz de la fe en el Señor. Jesús, antes de elegir a sus apóstoles, subió a la montaña a orar. Los envió a predicar la Buena Nueva en su nombre, les dio el poder para curar a los enfermos y expulsar a los demonios, obraron -en su nombre- milagros. Pero, a pesar de todo, uno de ellos fue un traidor. El Evangelio nos dice que Él permitió que Satanás entrara en él y lo vendiese. Si la primera Iglesia se hubiera quedado sólo con el escándalo de Judas, habría fracasado antes de comenzar su tarea. Pero centraron su atención en los otros once, en su testimonio, en su amor por Cristo ¡gracias a ellos nosotros estamos aquí!

Hoy somos confrontados por esa misma realidad. Podemos centrarnos en aquellos pocos que traicionan al Señor o, como la primera Iglesia, podemos mirara a los muchos que son fieles. Los medios de comunicación nunca prestarán atención a los "once" buenos. El escándalo de la Iglesia ha sido una constante en su historia. Hubo épocas aún peores que la actual. Pero cuanto más la apartaba la infidelidad de los hombres de su misión, mayor santidad suscitaba el Espíritu Santo. El humo de Satanás se cuela en la Iglesia por donde puede… pero su poder no prevalecerá sobre Ella.
Los sacerdotes son hombres y experimentan la tentación y caen en pecado como cualquier ser humano. Dios cuenta con ello, por ello ha hecho los sacramentos "a prueba de los sacerdotes". La eficacia del sacramento que celebran no depende de lo santos que sean, basta que tengan la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y entonces actúa Cristo.
¡Toda crisis en la Iglesia es crisis de santidad! La santidad es el rostro autentico de la Iglesia y todos hemos de contribuir a que resplandezca. Las personas quieren ver en los bautizados razones para tener fe, para tener esperanza, para responder con amor al Señor.
Estos son tiempos duros para ser sacerdote, tiempos duros para ser católicos… Pero también son tiempos magníficos para ser fieles: "Bienaventurados cuando os injurien, y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos". Porque ¿qué mérito tiene ser fiel en la bonanza? "Hasta los cadáveres pueden flotar corriente abajo; pero se necesita de verdaderos hombres, de verdaderas mujeres, para nadar contra la corriente" (Fulton J. Sheen).

En tiempos pasados la Iglesia era respetada. Los sacerdotes tenían reputación de santidad y bondad. Pero en la España que no iba a reconocer “ni la madre que la parió” (según frase de Alfonso Guerra) ¡ya no es así! Y bien que se encargan de ello los MCS. Hay que ser un verdadero cristiano para mantenerse nadando contra la corriente de las criticas, gracias a ello ganaremos en autenticidad y restaremos cristianismo sociológico a nuestra Iglesia. Era Pío XII quien a firmaba con rotundidad que “sería preferible que fuésemos menos, con tal que los que fuésemos ¡lo fuésemos de verdad!”.

Concluyo con una anécdota: Napoleón amenazó, en cierta ocasión, Cardenal Consalvi: "Voy a destruir su Iglesia". A lo que el Cardenal contestó: "No, no podrá". Napoleón lo miró indignado y repitió, en tono enérgico: "¡Voy a destruir su Iglesia!". El Cardenal dijo: "No, no podrá. ¡Ni siquiera nosotros hemos podido hacerlo!" Si los malos Papas, los sacerdotes infieles y miles de pecadores en la Iglesia no han tenido éxito en destruirla desde su interior, tampoco podrán los MCS.
La cuestión no es el escándalo de la Iglesia sino como nos situamos ante ellos ¿con mirada de fe o sin ella? No está en cuestión si perdurarrá la Iglesia sino si tú perseverarás tú en tu fe, si serás capaz de nadar contra corriente...

Diario de un cura de Aldea

La Familia Franciscana

20.3.10



Es una la familia y nuestro emblema:
Los dos brazos en cruz: Francisco y Cristo;
Que sea Paz y Bien al mundo amado
por el cordón seráfico ceñido.

Hermanos franciscanos, Cristo es uno,
en múltiples carismas indiviso;
la Iglesia es una, bella de su Esposo,
la vid y los sarmientos, Cuerpo Místico.

¡Oh Santa Humanidad, Encarnación
que muestra vivo a Dios en Jesucristo,
hermanos somos, hijos en el Hijo,
del seno de María renacidos!

La pura sencillez y la alegría,
cual pobres, cual humildes y pacíficos,
misterio de Belén y del Calvario
serán signo de amor, que es nuestro signo.

Jesús Eucaristía hasta la vuelta,
en ti nos reúnes, nos unimos;
tu luz y tu presencia y tu fragancia,
queremos esparcir agradecidos.

Hagamos unidad en la alabanza,
loando con Francisco al Uno y Trino.
¡Cantad, cantemos juntos, creaturas:
Honor y bendición a Dios Altísimo!

Amén

Fr. Rufino María Grández, OFM Cap

...Entonces Jesús les dijo esta parábola...

15.3.10



Observando al Padre logro distinguir tres caminos que llevan a una auténtica paternidad misericordiosa: el dolor, el perdón y la generosidad. Puede parecer extraño que el dolor conduzca a la misericordia. Pero así es. El dolor me lleva a dejar que los pecados del mundo -incluidos los míos- desgarren mi corazón y me hagan derramar lágrimas, muchas lágrimas por ellos. Si no son lágrimas que brotan de los ojos, por lo menos son lágrimas del corazón. Este dolor es oración.

El segundo camino que conduce a la paternidad espiritual es el perdón. Por el perdón constante es cómo vamos llegando a ser como el Padre. Él perdón es el camino para superar el muro y acoger a los demás en el corazón sin esperar nada a cambio.

El tercer camino para llegar a ser como el Padre es la generosidad. En la parábola, el Padre del hijo que se va no sólo le da todo lo que le pide, sino que le colma de regalos cuando vuelve. Y al hijo mayor le dice: “Todo lo mío es tuyo". El Padre no se reserva nada. Lo mismo que el Padre se vacía de sí mismo por sus propios hijos, así debo darme a mis hermanos y hermanas. Jesús deja entender a las claras que en esta oblación está el signo del verdadero discípulo: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". Darse supone una auténtica disciplina, porque no es algo que brota automáticamente. Cada vez que doy un paso en dirección a la generosidad, me muevo del temor al amor.

Como Padre, debo creer que todo lo que el corazón humano desea se puede encontrar en casa. Como Padre, debo tener el valor de asumir la responsabilidad de una persona espiritualmente adulta y creer que el gozo verdadero y la satisfacción plena sólo pueden venir acogiendo en casa a los que han sido ofendidos y heridos en el viaje de su vida y amándolos con un amor que no pide ni espera nada a cambio.

Se da un vacío terrible en esta paternidad espiritual. Pero este vacío terrible es también el lugar de la verdadera libertad. Libre de recibir la carga de los otros, sin necesidad de valorar, clasificar, analizar. En este estado del ser que no se permitiría nunca juzgar, puedo engendrar una confianza liberadora (H. Nouwen, L'abbraccio benedicente, Brescia 1994, 190-199, passim).

Música

9.2.10