Vayan... (Entrada 100)

31.10.11


  «Vayan, queridos hermanos, 
  de dos en dos por las diversas partes de la tierra, 
  anunciando a los hombres la paz y el perdón de sus pecados. 
  Y permanezcan pacientes en la tribulación, seguros, 
  porque el Señor cumplirá su designio y su promesa. 
  A los que les pregunten, respondan con humildad; 
  bendigan a los que les persigan; 
  den gracias a los que los injurien y calumnien, 
  pues por esto se nos prepara un reino eterno».


San Francisco de Asís
1Cel 29

XXV AÑOS DEL ESPÍRITU DE ASÍS

27.10.11



27 de octubre, 2011. (Romereports.com) Tras el viaje de una hora y media en tren de Roma a Asís, Benedicto XVI se trasladó al centro de la ciudad en minibus, junto con otros participantes en el encuentro. Una vez en la basílica de Santa María de los Ángeles, el Papa hizo de anfitrión y recibió personalmente a los principales líderes religiosos en la puerta. Un coro de frailes franciscanos cantó durante el encuentro.

El cardenal Peter Turkson, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, departamento del Vaticano promotor del encuentro, recordó la primera jornada de 1986 con un vídeo.

En su discurso, Benedicto XVI lamentó los casos en los que la religión cristiana ha sido la excusa para ejercer la violencia.

Benedicto XVI
“Quisiera decir como cristiano: Sí, también en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a la violencia en la historia. Lo reconocemos llenos de verguenza”.

Benedicto XVI invitó a la reconciliación entre los países y denunció el terrorismo religioso. Dijo que en estos casos, “la religión no está al servicio de la paz, sino que es una justificación inútil de la violencia”. Por eso, bajo el lema de este encuentro, el Papa propuso volver a aunar esfuerzos para alcanzar la paz.

Benedicto XVI
“Se trata más bien del estar juntos en camino hacia la verdad, del compormiso decidido por la dignidad del hombre y de hacerse cargo en común de la causa de la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho. Para conclui, quisiera aseguraros que la Iglesia católica no cejará en la lucha contra la violencia, en su compromiso por la paz en el mundo. Estamos animados por el deseo común de ser 'peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz'”.

También hablaron algunos de los representantes de las principales religiones. Como el líder de la Iglesia ortodoxa, Bartolomé I.

Patriarca Bartolomé I
“Nuestro diálogo es de reconciliación. Todos nos reconocemos en esta expresión de las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios”.

El primado de la Iglesia anglicana, Rowan Williams, destacó que gracias a la relación con Dios ya no existen personas extranjeras.

Rowan Williams
“Estamos aquí hoy para declarar nuestra voluntad, nuestra apasionada determinación, de persuadir a nuestro mundo de que los seres humanos no pueden ser extranjeros, y que su reconocimiento es posible por nuestra relación universal con Dios”.

También intervinieron autoridades judías y musulmanas, entre otros. El representante de los judíos de Estados Unidos recordó el empeño por conseguir la paz, mientras que Muzadi, autoridad musulmana explicó el por qué de las religiones en el mundo.

Rabino David Rosen
“Espero que este encuentro de hoy refuerce a los hombres y mujeres de fe y de buena voluntad a multiplicar los esfuerzos y a hacer de este objetivo una realidad que lleve una verdadera bendición y curación a la humanidad”.

Esta jornada en Asís no incluye un momento de oración común sino que se deja un tiempo de silencio, de reflexión para que de manera privada se rece por la paz.




DISCURSO DEL PAPA EN ASÍS

Queridos hermanos y hermanas,
Distinguidos Jefes y representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales y de las Religiones del mundo,queridos amigos
Han pasado veinticinco años desde que el beato Papa Juan Pablo II invitó por vez primera a los representantes de las religiones del mundo a Asís para una oración por la paz. ¿Qué ha ocurrido desde entonces? ¿A qué punto está hoy la causa de la paz? En aquel entonces, la gran amenaza para la paz en el mundo provenía de la división del planeta en dos bloques contrastantes entre sí. El símbolo llamativo de esta división era el muro de Berlín que, pasando por el medio de la ciudad, trazaba la frontera entre dos mundos. En 1989, tres años después de Asís, el muro cayó sin derramamiento de sangre. De repente, los enormes arsenales que había tras el muro dejaron de tener sentido alguno. Perdieron su capacidad de aterrorizar. El deseo de los pueblos de ser libres era más fuerte que los armamentos de la violencia. La cuestión sobre las causas de este derrumbe es compleja y no puede encontrar una respuesta con fórmulas simples. Pero, junto a los factores económicos y políticos, la causa más profunda de dicho acontecimiento es de carácter espiritual: detrás del poder material ya no había ninguna convicción espiritual. Al final, la voluntad de ser libres fue más fuerte que el miedo ante la violencia, que ya no contaba con ningún respaldo espiritual. Apreciamos esta victoria de la libertad, que fue sobre todo también una victoria de la paz. Y es preciso añadir en este contexto que, aunque no se tratara sólo, y quizás ni siquiera en primer lugar, de la libertad de creer, también se trataba de ella. Por eso podemos relacionar también todo esto en cierto modo con la oración por la paz.
Pero, ¿qué ha sucedido después? Desgraciadamente, no podemos decir que desde entonces la situación se haya caracterizado por la libertad y la paz. Aunque no haya a la vista amenazas de una gran guerra, el mundo está desafortunadamente lleno de discordia. No se trata sólo de que haya guerras frecuentemente aquí o allá; es que la violencia en cuanto tal siempre está potencialmente presente, y caracteriza la condición de nuestro mundo. La libertad es un gran bien. Pero el mundo de la libertad se ha mostrado en buena parte carente de orientación, y muchos tergiversan la libertad entendiéndola como libertad también para la violencia. La discordia asume formas nuevas y espantosas, y la lucha por la paz nos debe estimular a todos nosotros de modo nuevo.
Tratemos de identificar más de cerca los nuevos rostros de la violencia y la discordia. A grandes líneas – según mi parecer – se pueden identificar dos tipologías diferentes de nuevas formas de violencia, diametralmente opuestas por su motivación, y que manifiestan luego muchas variantes en sus particularidades. Tenemos ante todo el terrorismo, en el cual, en lugar de una gran guerra, se emplean ataques muy precisos, que deben golpear destructivamente en puntos importantes al adversario, sin ningún respeto por las vidas humanas inocentes que de este modo resultan cruelmente heridas o muertas. A los ojos de los responsables, la gran causa de perjudicar al enemigo justifica toda forma de crueldad. Se deja de lado todo lo que en el derecho internacional ha sido comúnmente reconocido y sancionado como límite a la violencia. Sabemos que el terrorismo es a menudo motivado religiosamente y que, precisamente el carácter religioso de los ataques sirve como justificación para una crueldad despiadada, que cree poder relegar las normas del derecho en razón del «bien» pretendido. Aquí, la religión no está al servicio de la paz, sino de la justificación de la violencia.
A partir de la Ilustración, la crítica de la religión ha sostenido reiteradamente que la religión era causa de violencia, y con eso ha fomentado la hostilidad contra las religiones. En este punto, que la religión motive de hecho la violencia es algo que, como personas religiosas, nos debe preocupar profundamente. De una forma más sutil, pero siempre cruel, vemos la religión como causa de violencia también allí donde se practica la violencia por parte de defensores de una religión contra los otros. Los representantes de las religiones reunidos en Asís en 1986 quisieron decir – y nosotros lo repetimos con vigor y gran firmeza – que esta no es la verdadera naturaleza de la religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción. Contra eso, se objeta: Pero, ¿cómo sabéis cuál es la verdadera naturaleza de la religión? Esta pretensión, ¿no se deriva quizás de que la fuerza de la religión se ha apagado entre ustedes? Y otros dirán: ¿Acaso existe realmente una naturaleza común de la religión, que se manifiesta en todas las religiones y que, por tanto, es válida para todas? Debemos afrontar estas preguntas si queremos contrastar de manera realista y creíble el recurso a la violencia por motivos religiosos. Aquí se coloca una tarea fundamental del diálogo interreligioso, una tarea que se ha de subrayar de nuevo en este encuentro. A este punto, quisiera decir como cristiano: Sí, también en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a la violencia en la historia. Lo reconocemos llenos de vergüenza. Pero es absolutamente claro que éste ha sido un uso abusivo de la fe cristiana, en claro contraste con su verdadera naturaleza. El Dios en que nosotros los cristianos creemos es el Creador y Padre de todos los hombres, por el cual todos son entre sí hermanos y hermanas y forman una única familia. La Cruz de Cristo es para nosotros el signo del Dios que, en el puesto de la violencia, pone el sufrir con el otro y el amar con el otro. Su nombre es «Dios del amor y de la paz» (2 Co 13,11). Es tarea de todos los que tienen alguna responsabilidad de la fe cristiana el purificar constantemente la religión de los cristianos partiendo de su centro interior, para que – no obstante la debilidad del hombre – sea realmente instrumento de la paz de Dios en el mundo.
Si bien una tipología fundamental de la violencia se funda hoy religiosamente, poniendo con ello a las religiones frente a la cuestión sobre su naturaleza, y obligándonos todos a una purificación, una segunda tipología de violencia de aspecto multiforme tiene una motivación exactamente opuesta: es la consecuencia de la ausencia de Dios, de su negación, que va a la par con la pérdida de humanidad. Los enemigos de la religión – como hemos dicho – ven en ella una fuente primaria de violencia en la historia de la humanidad, y pretenden por tanto la desaparición de la religión. Pero el «no» a Dios ha producido una crueldad y una violencia sin medida, que ha sido posible sólo porque el hombre ya no reconocía norma alguna ni juez alguno por encima de sí, sino que tomaba como norma solamente a sí mismo. Los horrores de los campos de concentración muestran con toda claridad las consecuencias de la ausencia de Dios.
Pero no quisiera detenerme aquí sobre el ateísmo impuesto por el Estado; quisiera hablar más bien de la «decadencia» del hombre, como consecuencia de la cual se produce de manera silenciosa, y por tanto más peligrosa, un cambio del clima espiritual. La adoración de Mamón, del tener y del poder, se revela una anti-religión, en la cual ya no cuenta el hombre, sino únicamente el beneficio personal. El deseo de felicidad degenera, por ejemplo, en un afán desenfrenado e inhumano, como se manifiesta en el sometimiento a la droga en sus diversas formas. Hay algunos poderosos que hacen con ella sus negocios, y después muchos otros seducidos y arruinados por ella, tanto en el cuerpo como en el ánimo. La violencia se convierte en algo normal y amenaza con destruir nuestra juventud en algunas partes del mundo. Puesto que la violencia llega a hacerse normal, se destruye la paz y, en esta falta de paz, el hombre se destruye a sí mismo.
La ausencia de Dios lleva al decaimiento del hombre y del humanismo. Pero, ¿dónde está Dios? ¿Lo conocemos y lo podemos mostrar de nuevo a la humanidad para fundar una verdadera paz? Resumamos ante todo brevemente las reflexiones que hemos hecho hasta ahora. He dicho que hay una concepción y un uso de la religión por la que esta se convierte en fuente de violencia, mientras que la orientación del hombre hacia Dios, vivido rectamente, es una fuerza de paz. En este contexto me he referido a la necesidad del diálogo, y he hablado de la purificación, siempre necesaria, de la religión vivida. Por otro lado, he afirmado que la negación de Dios corrompe al hombre, le priva de medidas y le lleva a la violencia.
Junto a estas dos formas de religión y anti-religión, existe también en el mundo en expansión del agnosticismo otra orientación de fondo: personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios. Personas como éstas no afirman simplemente: «No existe ningún Dios». Sufren a causa de su ausencia y, buscando lo auténtico y lo bueno, están interiormente en camino hacia Él. Son «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz». Plantean preguntas tanto a una como a la otra parte. Despojan a los ateos combativos de su falsa certeza, con la cual pretenden saber que no hay un Dios, y los invitan a que, en vez de polémicos, se conviertan en personas en búsqueda, que no pierden la esperanza de que la verdad exista y que nosotros podemos y debemos vivir en función de ella. Pero también llaman en causa a los seguidores de las religiones, para que no consideren a Dios como una propiedad que les pertenece a ellos hasta el punto de sentirse autorizados a la violencia respecto a los demás. Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios. Así, su lucha interior y su interrogarse es también una llamada a los creyentes a purificar su propia fe, para que Dios – el verdadero Dios – se haga accesible. Por eso he invitado de propósito a representantes de este tercer grupo a nuestro encuentro en Asís, que no sólo reúne representantes de instituciones religiosas. Se trata más bien del estar juntos en camino hacia la verdad, del compromiso decidido por la dignidad del hombre y de hacerse cargo en común de la causa de la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho. Para concluir, quisiera aseguraros que la Iglesia católica no cejará en la lucha contra la violencia, en su compromiso por la paz en el mundo. Estamos animados por el deseo común de ser «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz».

Francisco, el hombre de los abrazos

12.6.10

La Familia Franciscana

20.3.10



Es una la familia y nuestro emblema:
Los dos brazos en cruz: Francisco y Cristo;
Que sea Paz y Bien al mundo amado
por el cordón seráfico ceñido.

Hermanos franciscanos, Cristo es uno,
en múltiples carismas indiviso;
la Iglesia es una, bella de su Esposo,
la vid y los sarmientos, Cuerpo Místico.

¡Oh Santa Humanidad, Encarnación
que muestra vivo a Dios en Jesucristo,
hermanos somos, hijos en el Hijo,
del seno de María renacidos!

La pura sencillez y la alegría,
cual pobres, cual humildes y pacíficos,
misterio de Belén y del Calvario
serán signo de amor, que es nuestro signo.

Jesús Eucaristía hasta la vuelta,
en ti nos reúnes, nos unimos;
tu luz y tu presencia y tu fragancia,
queremos esparcir agradecidos.

Hagamos unidad en la alabanza,
loando con Francisco al Uno y Trino.
¡Cantad, cantemos juntos, creaturas:
Honor y bendición a Dios Altísimo!

Amén

Fr. Rufino María Grández, OFM Cap

La persona de san Francisco de Asís

2.12.09

¿Quién no sabe algo de este santo? De su conocimiento universal dan testimonio los nombres que la tradición franciscana y popular le han dado. Él es el Pobrecillo de Asís, el Serafín de Asís, el Hermano universal, el otro Cristo, el cantor de la naturaleza, incluso el Hermano global.

Y entre todos esos nombres, que describen su personalidad y carisma, hay dos rasgos que no se pueden olvidar: su vida está orientada a Cristo y a los hermanos. Para él todo tiene sentido o no lo tiene según esté inspirado por Cristo o dirigido a él.

Pero no fue siempre así. Porque él nació en el seno de una familia burguesa, en la que aprendió de su padre a confiar más en el dinero, en el poder y en el prestigio que en Dios. Era el año 1181/82 cuando, mientras su padre estaba ausente en uno de sus viajes de negocios a Francia, nació el niño que, por deseo de su padre y por la admiración de este a aquel país, se llamaría Francesco.

Cuando se dirigía al campo de batalla, bien protegido por su armadura de caballero, sintió el llamado de Dios a cambiar de rumbo y obedeció sin saber qué iba a hacer, exponiéndose a la burla de sus amigos y a la ira de su padre. Pero no había vuelta atrás. Forzado por la intolerancia de su padre, llegó a despojarse de todo y ponerse en las manos de su Padre celestial ante la vista atónita de quienes asistieron a aquel juicio ante el Obispo de Asís: “Desde ahora ya no llamara padre a Pedro Bernardone, sino que diré: Padre nuestro, que estás en el cielo…”.

Y es, a partir de ese día, cuando Francisco comienza un viaje de evangelizador itinerante, que caracterizará su vida, que le dará la alegría de proclamarse “heraldo del gran Rey” y la osadía de anhelar con toda su alma dar su vida por Cristo, para lo cual se dirigirá al norte África, predicando el evangelio a los musulmanes. Pero ese no era el plan de Dios. Su martirio sería otro. El experimentará ser crucificado con Cristo en vida durante dos años con los estigmas corporales, que Dios le concede el año 1224, mientras ora y ayuna la cuaresma de San Miguel Arcángel en el monte Alvernia.

Sin embargo, a pesar de sus pruebas y enfermedades, a pesar de vivir crucificado con Cristo no pierde la alegría y no deja de cantar las alabanzas de Dios. Admira las creaturas porque le recuerdan a Cristo. Bendice a Dios por el hermano sol, porque le recuerda a Cristo, “el sol de justicia”; aparta los gusanos del camino porque le recuerdan a Cristo, que en su pasión “parece un gusano y no hombre”; rescata a un corderito que va a ser sacrificado en el rastro, porque le recuerda a Cristo “el Cordero de Dios”. Cuando pide en el Padre nuestro “el pan nuestro de cada día”, pide a Dios “su amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo”; cuando pide a Dios que “perdone nuestras deudas”, está pensando en “el valor de la pasión de su amado Hijo”. Y llora aun en público porque “el amor (Cristo) no es amado”. Entre sus amores consentidos están los “hermanos leprosos”, pues le recuerdan dramáticamente y de modo irresistible a Cristo en su Pasión.

Y como broche de oro, recodamos una oración preferida suya: “Señor, que yo muera por amor de tu amor, ya que Tú te dignaste morir por amor de mi amor”.

Alabanzas al Dios Altísimo

11.11.09

Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas.
Tú eres fuerte, tú eres grande, tú eres Altísimo.
Tú eres Rey omnipotente.
Tú eres Padre santo, Rey del cielo y de la tierra.
Tú eres Trino y Uno, Señor Dios de los dioses.
Tú eres el Bien, todo el Bien, el sumo Bien, Señor Dios vivo y verdadero.
Tú eres Amor, tú eres Caridad.
Tú eres Sabiduría, tú eres Humildad, tú eres Paciencia.
Tú eres belleza, tú eres Seguridad, tú eres Paz.
Tú eres Gozo y Alegría, tú eres nuestra Esperanza.
Tú eres Justicia, tú eres Templanza, tú eres toda nuestra Riqueza.
Tú eres Belleza, tú eres Mansedumbre.
Tú eres Protector, tú eres nuestro Custodio y Defensor.
Tú eres Fortaleza, tú eres Refugio.
Tú eres nuestra Esperanza, tú eres nuestra Fe.
Tú eres Caridad, tú eres nuestra Dulzura.
Tú eres nuestra Vida eterna, grande y admirable Señor,
Dios Omnipotente, misericordioso Salvador".
Francisco de Asís

Francisco de Asís



A ti, va dirigida esta sencilla reflexión que te invito a seguir. Dos mil años de cristianismo son un largo tiempo de gracia, de amor de Dios. Francisco de Asís es una gracia de Dios. Hombre del siglo XIII, y actual por su espiritualidad y por sus intuiciones, vive intensamente el amor de Dios Padre, en Jesús y en el Espíritu, y descubre su gratuidad.Un día, delante de su padre Pietro y de su obispo Guido, Francisco, despojado de todo, busca y encuentra la manera de decir: Padre nuestro que estás en los cielos.A partir de ese momento proclama muy alto: el Amor no es amado. Francisco se siente, dentro de las manos abiertas de Dios Padre, como en su lugar. En ellas permanece toda su vida, sintiendo cómo Dios lo forja. El Alfarero modela su fango. En las manos trabajadoras y tiernas de Dios ve y encuentra a todos los otros seres creados, con los que se hermana por su origen divino. Descubre cómo Dios, Padre común, da, a cada pedacito de fango, la vida y en la cosa más menuda también valora el reflejo del Señor.

Se sabe en las manos de Dios como un regalo fraternal, y en la libertad de los hijos de Dios acoge a toda cosa creada como un don de Dios. Canta a la fraternidad universal y a todo llama: hermano o hermana.Dice Jesús: Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado a los sencillos todo aquello que has ocultado a los sabios y entendidos (Lc 10,21). Francisco, convertido en hombre sencillo de fe amorosa, experimenta en la contemplación el don de la revelación de la divinidad de Jesucristo. En Él descubre el rostro de Dios que se le manifiesta en un proceso de interiorización. Vive intensamente el Nacimiento, la Pasión, la Eucaristía, la Resurrección del Señor.

El peregrinaje de Francisco consiste en el seguimiento de los pasos liberadores de Jesucristo. Anhelando amor sin límites, Francisco:- Quiere vivir el evangelio.- Se desprende de todo y lo da a los pobres.- Vive el silencio interior y la oración en la soledad.- Pasa por la purificación del corazón.- En una constante conversión aprende a llamar Padre a Dios, como un gran hallazgo en su camino espiritual.- Escucha la Palabra de Dios.- Se le unen hermanos y viven en fraternidad.- Hace Iglesia fraternal y servidora.- Deja que el Espíritu le conduzca.

Los capuchinos, seguidores de Cristo en el carisma franciscano, queremos:- Seguir a Jesucristo con espíritu evangélico.- Abrirnos a la experiencia de Dios Padre.- Crear y vivir la fraternidad.- Que jóvenes, movidos por el Espíritu de Jesús, vengan a compartir con nosotros el seguimiento evangélico.- Por el compromiso de pobreza, ser solidarios con los pobres.- Por el compromiso de castidad, convertirnos en don para Dios y para los hermanos.- Por el compromiso de obediencia, estar disponibles al servicio de la Iglesia y de la fraternidad humana, hacia donde nos lleve el Espíritu.

A las puertas del nuevo milenio es una tarea entusiasmadora hacer fraternidad y construir la gran familia de los hijos e hijas de Dios.Sin duda, sería un gran gozo para el corazón de Dios Padre que desde cada corazón humano saliera a menudo la eficaz y filial oración: Padre nuestro que estás en los cielos... Y entre todos hiciéramos caer las barreras separadoras de las iglesias cristianas y las otras barreras, y que los humanos nos sintiéramos en todo lugar hermanos y hermanas por ser hijos e hijas de Dios, y trabajáramos en la construcción de su Reino.

Fr. Magí Setó