«Vayan, queridos hermanos,
de dos en dos por las diversas partes de la tierra,
anunciando a los hombres la paz y el perdón de sus pecados.
Y permanezcan pacientes en la tribulación, seguros,
porque el Señor cumplirá su designio y su promesa.
A los que les pregunten, respondan con humildad;
bendigan a los que les persigan;
den gracias a los que los injurien y calumnien,
pues por esto se nos prepara un reino eterno».
San Francisco de Asís
1Cel 29



A ti, va dirigida esta sencilla reflexión que te invito a seguir. Dos mil años de cristianismo son un largo tiempo de gracia, de amor de Dios. Francisco de Asís es una gracia de Dios. Hombre del siglo XIII, y actual por su espiritualidad y por sus intuiciones, vive intensamente el amor de Dios Padre, en Jesús y en el Espíritu, y descubre su gratuidad.Un día, delante de su padre Pietro y de su obispo Guido, Francisco, despojado de todo, busca y encuentra la manera de decir: Padre nuestro que estás en los cielos.A partir de ese momento proclama muy alto: el Amor no es amado. Francisco se siente, dentro de las manos abiertas de Dios Padre, como en su lugar. En ellas permanece toda su vida, sintiendo cómo Dios lo forja. El Alfarero modela su fango. En las manos trabajadoras y tiernas de Dios ve y encuentra a todos los otros seres creados, con los que se hermana por su origen divino. Descubre cómo Dios, Padre común, da, a cada pedacito de fango, la vida y en la cosa más menuda también valora el reflejo del Señor.